Todo el mundo sabe que llevo cuatro años estudiando inglés en la escuela oficial de idiomas (EOI para los amigos).
Y todo el mundo sabe también que en estos cuatro años me he convertido en una especie de embajadora de la EOI. Vamos, como Angelina Jolie con la Unicef, pero sin niños adoptados (y sin Brad Pitt, claro, aunque tampoco lo quiero para nada).
Mi profe durante estos cuatro años ha sido una señora americana (de Chicago para más señas) que es una auténtica sargento. Nos pone millones de deberes y no deja que la gente se pierda ni un segundo en clase. Es muy madre mi profe. Casi podría ser la abuela de alguno. Con sus vestidos imposibles y su vasta cultura, tiene una anécdota y un comentario interesante para cada tema. Creo que casi todos en la clase la adoramos.
Pero ahora está de baja.
Después de cuatro años, a tres meses del examen definitivo, recae de sus problemas de corazón y nos deja huerfanitos.
En principio volverá en mayo, pero no es seguro todavía. Mientras tanto, tenemos un substituto del substituto/a. En teoría, como dependemos de la Generalitat, hasta que ellos no envíen a alguien, no podemos reincorporarnos; pero desde su casa, mi profe, que también es la directora del centro, se las ha agenciado para contratar a un muchacho inglés y que no perdamos el ritmo de las clases.
Y ahí está el problema.
Qué traidora es la gente…
Vale, lo admito, él es mucho mejor profesor. Son casi treinta años menos y eso se nota. Las clases son infinitamente más dinámicas. Las dos horas se pasan volando. Y aprendes lo mismo que con ella o incluso más. Sin deberes y con canciones de Amy Winehouse. Además, nos enseña inglés barriobajero, inglés de verdad, del que se habla en la calle.
Pero cada vez que pienso que las clases de Joe me gustan más que las de Joellen siento que la estoy traicionando. Ella me ha enseñado todo el inglés que sé y han sido cuatro cursos (creo) muy aprovechaditos.
Ahora todo el mundo está super emocionado con el nuevo profe. El rey ha muerto, viva el rey. Qué verdad más grande. Hay que ver lo veleta que somos los seres humanos.
Por cierto, tenemos otro profe que sólo nos da speaking. Pero es como todo en esta vida, hay gente carismática y gente que no lo es en absoluto. Cuando discutíamos el otro día quién era mejor profesor, si Joellen o Joe, sólo nos pusimos de acuerdo en una cosa: el peor era... ¿cómo se llamaba el otro? ah sí, Paul. Pobrecillo.
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viernes, 29 de febrero de 2008
sábado, 10 de noviembre de 2007
Problemillas con el interné (y II): la venganza del nick enmascarado.
Internet me encanta. Pero también me cabrea. Y mucho.
Por ejemplo, esta mañana he vuelto a tener un disgusto (mini-disgusto, se entiende). Todo ha venido por un capítulo de una serie yankee a la que me he aficionado. Como en España no se emite, me la agencio de manera totalmente legal a través de la red. La serie es bastante chorra, pero hablan un inglés de los más facilitos que se pueden escuchar ahora en la tele americana. Perfecto para mejorar el listening. Lo que hago es verme los capítulos en V.O., así a palo seco, y después, si tengo alguna duda, me leo los subtítulos en español que edita un popular foro dedicado a estos menesteres.
El capítulo 6 de la serie lo vi el miércoles. Lo entendí casi todo, pero aprovechando que anoche colgaron los subtítulos, decidí echarles un vistazo a ver qué tal.
Fui a leer justo una parte en la que tenía una duda, y después continué leyendo hasta un punto en el que encontré un error de traducción flagrante.
Buena samaritana que soy, dejo un mensaje informando del error y ofreciendo mi colaboración si la necesitan (ya sabéis, uno de esos mensajes tan falsísimos y que tanto abundan, llenos de ja,jas y emoticonos, en los que haces mucho la pelota a todo el mundo para que nadie se te enfade). Esta mañana leo la respuesta, que resumida viene a ser algo así como “si tanto inglés sabes, cómo es que sólo has detectado ese error, listilla”. Entre líneas, lo que se lee claramente es “métete tus comentarios por el culo, gilipollas, y vete a dar la murga a tu **** madre”.
Qué fácil es decir burradas escondido detrás de un nick… Pues nada, con su pan se lo coman.
Sólo advertiros de que, si os descargáis los subtítulos en cuestión, cuando la protagonista susurra suplicante al oído del protagonista “Turn me”, no le está diciendo “Dame la vuelta” sino “Conviérteme”. Ella lo que quiere es ser vampiro. Dudo mucho que tenga complejo de tortilla de patatas.
Por ejemplo, esta mañana he vuelto a tener un disgusto (mini-disgusto, se entiende). Todo ha venido por un capítulo de una serie yankee a la que me he aficionado. Como en España no se emite, me la agencio de manera totalmente legal a través de la red. La serie es bastante chorra, pero hablan un inglés de los más facilitos que se pueden escuchar ahora en la tele americana. Perfecto para mejorar el listening. Lo que hago es verme los capítulos en V.O., así a palo seco, y después, si tengo alguna duda, me leo los subtítulos en español que edita un popular foro dedicado a estos menesteres.
El capítulo 6 de la serie lo vi el miércoles. Lo entendí casi todo, pero aprovechando que anoche colgaron los subtítulos, decidí echarles un vistazo a ver qué tal.
Fui a leer justo una parte en la que tenía una duda, y después continué leyendo hasta un punto en el que encontré un error de traducción flagrante.
Buena samaritana que soy, dejo un mensaje informando del error y ofreciendo mi colaboración si la necesitan (ya sabéis, uno de esos mensajes tan falsísimos y que tanto abundan, llenos de ja,jas y emoticonos, en los que haces mucho la pelota a todo el mundo para que nadie se te enfade). Esta mañana leo la respuesta, que resumida viene a ser algo así como “si tanto inglés sabes, cómo es que sólo has detectado ese error, listilla”. Entre líneas, lo que se lee claramente es “métete tus comentarios por el culo, gilipollas, y vete a dar la murga a tu **** madre”.
Qué fácil es decir burradas escondido detrás de un nick… Pues nada, con su pan se lo coman.
Sólo advertiros de que, si os descargáis los subtítulos en cuestión, cuando la protagonista susurra suplicante al oído del protagonista “Turn me”, no le está diciendo “Dame la vuelta” sino “Conviérteme”. Ella lo que quiere es ser vampiro. Dudo mucho que tenga complejo de tortilla de patatas.
jueves, 1 de noviembre de 2007
Locos por el sexo
Cada día entiendo menos al ser humano.
Resulta que ayer me puse a bajar unas cuantas pelis de James Bond.
Mi intención es hacer una especie de mix con los títulos de crédito para una coreografía que amenizará la sesión del Julius del sábado.
Acabo del volver del Carrefour y veo que se ha descargado la primera de ella: “El mundo no es suficiente”. Pues bien, abro el archivo, y resulta ser “Locos por el sexo”, una comedia española protagonizada por Jordi Vilches, Karra Elejalde e Inma del Moral.
Pa flipar.
Vamos a ver, yo entiendo que te pase eso con una peli de estreno. Por ejemplo, cuando estrenaron Match Point, reconozco que me la intenté descargar y en lugar de la película, obtuve un interesante documental del año de la picó (o sea, sin derechos) sobre las cataratas Victoria. Supongo que lo colgaría la distribuidora.
Pero, ¿a quién se le puede ocurrir colgar una película (con derechos de distribución) en lugar de otra estrenada hace ocho años? ¿Se supone que es una broma?
Pues no le veo la gracia, la verdad. Para más inri, “Locos por el sexo” se ve y se oye estupendamente. Surrealismo puro, vaya.
Evidentemente, después de mi fracaso, me he apresurado a comprobar que los otros títulos fueran auténticas películas de James Bond. Según los comentarios adjuntos al archivo, sí que lo son, pero ahí es donde viene la segunda parte de mi perplejidad. Se ve que dejar comentarios del tipo “buena calidad” o “audio correcto” sólo lo hacen dos de cada 10 personas. Lo normal es dejar mensajitos publicitando diferentes páginas web, sexo “gratis”, aceleradores de descarga, casinos on line y demás basurilla. Incluso me he encontrado con un comentario que decía: separatista+hombre de bien = imposible.
O sea, que me pido cascarón de huevo, porque yo este juego cada vez lo entiendo menos.
Resulta que ayer me puse a bajar unas cuantas pelis de James Bond.
Mi intención es hacer una especie de mix con los títulos de crédito para una coreografía que amenizará la sesión del Julius del sábado.
Acabo del volver del Carrefour y veo que se ha descargado la primera de ella: “El mundo no es suficiente”. Pues bien, abro el archivo, y resulta ser “Locos por el sexo”, una comedia española protagonizada por Jordi Vilches, Karra Elejalde e Inma del Moral.
Pa flipar.
Vamos a ver, yo entiendo que te pase eso con una peli de estreno. Por ejemplo, cuando estrenaron Match Point, reconozco que me la intenté descargar y en lugar de la película, obtuve un interesante documental del año de la picó (o sea, sin derechos) sobre las cataratas Victoria. Supongo que lo colgaría la distribuidora.
Pero, ¿a quién se le puede ocurrir colgar una película (con derechos de distribución) en lugar de otra estrenada hace ocho años? ¿Se supone que es una broma?
Pues no le veo la gracia, la verdad. Para más inri, “Locos por el sexo” se ve y se oye estupendamente. Surrealismo puro, vaya.
Evidentemente, después de mi fracaso, me he apresurado a comprobar que los otros títulos fueran auténticas películas de James Bond. Según los comentarios adjuntos al archivo, sí que lo son, pero ahí es donde viene la segunda parte de mi perplejidad. Se ve que dejar comentarios del tipo “buena calidad” o “audio correcto” sólo lo hacen dos de cada 10 personas. Lo normal es dejar mensajitos publicitando diferentes páginas web, sexo “gratis”, aceleradores de descarga, casinos on line y demás basurilla. Incluso me he encontrado con un comentario que decía: separatista+hombre de bien = imposible.
O sea, que me pido cascarón de huevo, porque yo este juego cada vez lo entiendo menos.
miércoles, 12 de septiembre de 2007
Back to school
Comienza el curso.
Me alegra que, pese a mis 31 años, eso siga siendo válido en mi caso. Esta tarde me toca ir a comprarme los libros nuevos de inglés y apuntarme al cursillo gratuito de italiano básico. Por algo se empieza.
¿Qué libros me tocará leer este año? ¿Algún clásico, tal vez? Ojalá. Del siglo XIX si me dejan elegir. Repito profesora, pero algunos alumnos serán nuevos ¿Será quinto tan difícil como dicen? Tengo que comprarme un cuaderno. También me haría falta un buen diccionario de italiano.
Está bien eso de estar emocionada.
Sí, definitivamente septiembre es un buen mes.
Me alegra que, pese a mis 31 años, eso siga siendo válido en mi caso. Esta tarde me toca ir a comprarme los libros nuevos de inglés y apuntarme al cursillo gratuito de italiano básico. Por algo se empieza.
¿Qué libros me tocará leer este año? ¿Algún clásico, tal vez? Ojalá. Del siglo XIX si me dejan elegir. Repito profesora, pero algunos alumnos serán nuevos ¿Será quinto tan difícil como dicen? Tengo que comprarme un cuaderno. También me haría falta un buen diccionario de italiano.
Está bien eso de estar emocionada.
Sí, definitivamente septiembre es un buen mes.
miércoles, 15 de agosto de 2007
Aquiles y la tortuga
Casi todas las cosas buenas tienen su lado negativo.
El de nuestro viaje a Islandia ha sido la roncha que me ha dejado en la cuenta del banco. No es cosa de ponerse a hablar de números, pero me he visto obligada a fraccionar el pago de la tarjeta de crédito.
Mi intención era pagarlo en tres veces, pero resulta que mi banco no permite esa opción. En su lugar, te ofrecen la posibilidad de pagar un porcentaje cada mes, cobrándote, eso sí, un módico interés. Hice números y decidí pagar un 35% del total el primer mes. Pero si ustedes, mis queridos lectores, son espabilados (que lo son), habrán advertido rápidamente dónde está el truco. Exacto: el mes que viene no pagaré otro 35% del total que tenía pendiente al principio, sino un 35% de lo que me queda por pagar, con lo cual es imposible cancelar la dueda en tres meses. Las cantidades cada vez serán más pequeñas y yo seguiré pagando intereses. Llegará el día en que me quede un solo euro por pagar y mi banco sólo me cobrará 35 céntimos… Y así hasta el infinito y más allá que diría Buzz Lightyear.
Propongo que a partir de ahora, las paradojas de Zenón sean sustituidas en los libros de filosofía por las paradojas de la visa. Mucho más esclarecedoras, sin duda.
El de nuestro viaje a Islandia ha sido la roncha que me ha dejado en la cuenta del banco. No es cosa de ponerse a hablar de números, pero me he visto obligada a fraccionar el pago de la tarjeta de crédito.
Mi intención era pagarlo en tres veces, pero resulta que mi banco no permite esa opción. En su lugar, te ofrecen la posibilidad de pagar un porcentaje cada mes, cobrándote, eso sí, un módico interés. Hice números y decidí pagar un 35% del total el primer mes. Pero si ustedes, mis queridos lectores, son espabilados (que lo son), habrán advertido rápidamente dónde está el truco. Exacto: el mes que viene no pagaré otro 35% del total que tenía pendiente al principio, sino un 35% de lo que me queda por pagar, con lo cual es imposible cancelar la dueda en tres meses. Las cantidades cada vez serán más pequeñas y yo seguiré pagando intereses. Llegará el día en que me quede un solo euro por pagar y mi banco sólo me cobrará 35 céntimos… Y así hasta el infinito y más allá que diría Buzz Lightyear.
Propongo que a partir de ahora, las paradojas de Zenón sean sustituidas en los libros de filosofía por las paradojas de la visa. Mucho más esclarecedoras, sin duda.
miércoles, 4 de julio de 2007
Una polémica al día, alegría.
Tengo la mala costumbre de leer diariamente las ediciones digitales de algunos de los principales periódicos españoles. Digo mala costumbre, porque el medio digital ha abierto las puertas a una nueva forma de (des)información: el comentario de los lectores. Baste decir que a mí me hierve la sangre todos los días.
Está claro que un debate constructivo en torno a una noticia siempre es de agradecer, pero un día acabaré teniendo desprendimiento de retina de tanto leer “la culpa es de Zapatero”, “todos los progres sois imbéciles” o “fachas, volved al Valle de los Caídos”. Sí, me estoy cansando. Porque, además, la gente no escatima en faltas de ortografía y en golpes bajos al lenguaje más elemental.
Lo más triste es que esas personas son las que leen la prensa, las que se interesan por la actualidad. Me entran sudores fríos sólo de imaginar lo que escribiría el resto…
Mientras, los periódicos, que viven de la publicidad, buscan que se derrame aún más sangre. Sólo dan la posibilidad de comentar aquellas noticias que saben que crearán polémica. Y así, comentario absurdo va, comentario absurdo viene, los tíos se hacen de oro gracias a los anunciantes de turno.
La polémica de la semana es este vídeo:
Sí, es un anuncio del programa Media para la promoción del cine europeo. El vídeo puede parecerte más o menos efectivo y cumplir o no su función como vehículo publicitario. Pero de ahí a decir lo que comenta la gente en www.elpais.com va un mundo.
Los comentarios más repetidos son:
- El anuncio es pornográfico. Según la RAE, pornográfico es aquello que es obsceno. Como la obscenidad es algo que no puede ser medido, sin duda el comentario acerca de si el vídeo es pornográfico o no, es del todo subjetivo. Yo sólo digo que, sí eso se considera pornografía, mal vamos. Recordemos que hay polacos que también creen que los Teletubbies son obscenos.
- No quiero que hagan anuncios así con mi dinero. Efectivamente, el programa Media se financia con el dinero de todos los contribuyentes europeos, pero mucho me temo que el mileurista español aporta poco al pastel. Recordemos que son las grandes empresas las que mantienen el chiringuito de pie. Alemania es el estado miembro que más tributa no porque sus habitantes sean los más ricos (los irlandeses, finlandeses, daneses y austriacos ganan más que los alemanes), sino porque concentra el mayor número de sociedades anónimas que tributan un mínimo del 35% de sus beneficios anuales. De aquí, de los fondos de cohesión de la Unión Europea, han salido las infraestructuras que disfrutamos ahora los españoles. No creo que estemos en disposición de reclamar ahora los cuatro duros que habrá costado el anuncio.
- No quiero que hagan esa mierda de cine con mi dinero. Claro, ni esa mierda de cine ni nada que tenga que ver con la cultura. ¿Para qué? Que se lo gasten en hacer reality shows, o en retrasmitir la Champions League o la Fórmula 1. Eso sí que es diversión sin fin de la güena
- Si hicieran películas como las americanas, no me importarían que se gastaran mi dinero en hacerlas. Y ahí ha sido cuando he reaccionado en plan dibujito japonés: me he caído para atrás con silla incluida, y me he quedado con las piernas por lo alto, los ojos en forma de crucecita y una pompa saliéndome de la sien derecha. Porque, además, la culpa es de Zapatero. Definitivamente, me tengo que quitar de esto…
Está claro que un debate constructivo en torno a una noticia siempre es de agradecer, pero un día acabaré teniendo desprendimiento de retina de tanto leer “la culpa es de Zapatero”, “todos los progres sois imbéciles” o “fachas, volved al Valle de los Caídos”. Sí, me estoy cansando. Porque, además, la gente no escatima en faltas de ortografía y en golpes bajos al lenguaje más elemental.
Lo más triste es que esas personas son las que leen la prensa, las que se interesan por la actualidad. Me entran sudores fríos sólo de imaginar lo que escribiría el resto…
Mientras, los periódicos, que viven de la publicidad, buscan que se derrame aún más sangre. Sólo dan la posibilidad de comentar aquellas noticias que saben que crearán polémica. Y así, comentario absurdo va, comentario absurdo viene, los tíos se hacen de oro gracias a los anunciantes de turno.
La polémica de la semana es este vídeo:
Sí, es un anuncio del programa Media para la promoción del cine europeo. El vídeo puede parecerte más o menos efectivo y cumplir o no su función como vehículo publicitario. Pero de ahí a decir lo que comenta la gente en www.elpais.com va un mundo.
Los comentarios más repetidos son:
- El anuncio es pornográfico. Según la RAE, pornográfico es aquello que es obsceno. Como la obscenidad es algo que no puede ser medido, sin duda el comentario acerca de si el vídeo es pornográfico o no, es del todo subjetivo. Yo sólo digo que, sí eso se considera pornografía, mal vamos. Recordemos que hay polacos que también creen que los Teletubbies son obscenos.
- No quiero que hagan anuncios así con mi dinero. Efectivamente, el programa Media se financia con el dinero de todos los contribuyentes europeos, pero mucho me temo que el mileurista español aporta poco al pastel. Recordemos que son las grandes empresas las que mantienen el chiringuito de pie. Alemania es el estado miembro que más tributa no porque sus habitantes sean los más ricos (los irlandeses, finlandeses, daneses y austriacos ganan más que los alemanes), sino porque concentra el mayor número de sociedades anónimas que tributan un mínimo del 35% de sus beneficios anuales. De aquí, de los fondos de cohesión de la Unión Europea, han salido las infraestructuras que disfrutamos ahora los españoles. No creo que estemos en disposición de reclamar ahora los cuatro duros que habrá costado el anuncio.
- No quiero que hagan esa mierda de cine con mi dinero. Claro, ni esa mierda de cine ni nada que tenga que ver con la cultura. ¿Para qué? Que se lo gasten en hacer reality shows, o en retrasmitir la Champions League o la Fórmula 1. Eso sí que es diversión sin fin de la güena
- Si hicieran películas como las americanas, no me importarían que se gastaran mi dinero en hacerlas. Y ahí ha sido cuando he reaccionado en plan dibujito japonés: me he caído para atrás con silla incluida, y me he quedado con las piernas por lo alto, los ojos en forma de crucecita y una pompa saliéndome de la sien derecha. Porque, además, la culpa es de Zapatero. Definitivamente, me tengo que quitar de esto…
lunes, 2 de julio de 2007
Con su camisita y su canesú.
Acabo de llegar de las rebajas. Masoquismo puro, vaya.
En mi búsqueda desesperada de un vestido apropiado para la boda del siglo, he entrado en todas las tiendas de La Maquinista, incluida una llamada Karnak, que me sonaba de cuando Rosa de España la anunciaba. Mi vista se posó en un blusita verde la mar de mona. No era para la boda, pero eran sólo 12 €. La relación calidad precio me pareció adecuada, y así, a ojo, cogí la talla S y me la llevé del tirón para el probador.
Disgusto número uno: me sobraba un tercio de la tela de la blusa. Triste y ojerosa, me dirijo a la dependienta y le pregunto: “Perdona, ¿la S es la talla más pequeña?”. La niña, que rozaba la obesidad mórbida, me mira con cara de asco y me dice: “Sí, ésta es una tienda de tallas grandes. La S equivale a una 46-48, aquí no hay ropa para ti”. Otra persona se hubiera molestado por el comentario, pero resulta que no es la primera vez que me dicen eso de “aquí no hay ropa para ti”. De hecho, estoy acostumbrada.
¿Por qué? Pues porque yo vivo en un drama permanente: el drama de la talla 44.
Seguro que las mujeres que me leen ya saben de lo que hablo. Como mis lectores son en su mayoría hombres, paso a relatar en qué consiste tan singular problema.
Resulta que las tiendas para personas de consistencia normal suelen tener ropa de tallas comprendidas entre la 38 y la 42. Y ya está.
Si la tienda es “de juventud”, que diría mi abuela, encuentras la 36 y la 34. En el Bershka tienen incluso la 32. Pero ni rastro de la 44…
Bueno, siempre te queda la opción de hacerte un saco de puñetas e irte al Modas Lolín más cercano. Pero, oh, sorpresa, en las tiendas de ropa “para señoras” las tallas comienzan en la 46. Una vez más, ¿dónde coño está la 44?
Mentiría si dijera que no existe la talla 44. Zara la tiene (siempre que no sea la submarca Trafaluc). Mango también. Incluso hacen la 46 en trajes de chaqueta y pantalones de vestir. Las XL (recordemos, XL=extra grande) de Zara y Mango son una 44 justita, que consigo meterme cuando el tejido da de sí y el corte es holgado. Con faldas y pantalones no suelo tener tantos problemas. Incluso tengo unos vaqueros que son una 42. Se conoce que España es un país de culos gordos.
También tienen la 44 las dos cadenas de las siglas: M&S y H&M. La primera es lo más cani que te puedes echar a la cara, pero para básicos está bien. La segunda, desde que dejan diseñar a las famosas, se ha convertido en la tienda de los horrores.
Resumiendo, que de las cuarenta y pico tiendas que he pisado hoy, he acabado comprándome el consabido vestidito de Zara. Ahora sólo me queda cruzar los dedos de los pies para que ninguna invitada a la boda viva, como yo, permanentemente abonada a la marca de Amancio Ortega.
¡Qué drama!
En mi búsqueda desesperada de un vestido apropiado para la boda del siglo, he entrado en todas las tiendas de La Maquinista, incluida una llamada Karnak, que me sonaba de cuando Rosa de España la anunciaba. Mi vista se posó en un blusita verde la mar de mona. No era para la boda, pero eran sólo 12 €. La relación calidad precio me pareció adecuada, y así, a ojo, cogí la talla S y me la llevé del tirón para el probador.
Disgusto número uno: me sobraba un tercio de la tela de la blusa. Triste y ojerosa, me dirijo a la dependienta y le pregunto: “Perdona, ¿la S es la talla más pequeña?”. La niña, que rozaba la obesidad mórbida, me mira con cara de asco y me dice: “Sí, ésta es una tienda de tallas grandes. La S equivale a una 46-48, aquí no hay ropa para ti”. Otra persona se hubiera molestado por el comentario, pero resulta que no es la primera vez que me dicen eso de “aquí no hay ropa para ti”. De hecho, estoy acostumbrada.
¿Por qué? Pues porque yo vivo en un drama permanente: el drama de la talla 44.
Seguro que las mujeres que me leen ya saben de lo que hablo. Como mis lectores son en su mayoría hombres, paso a relatar en qué consiste tan singular problema.
Resulta que las tiendas para personas de consistencia normal suelen tener ropa de tallas comprendidas entre la 38 y la 42. Y ya está.
Si la tienda es “de juventud”, que diría mi abuela, encuentras la 36 y la 34. En el Bershka tienen incluso la 32. Pero ni rastro de la 44…
Bueno, siempre te queda la opción de hacerte un saco de puñetas e irte al Modas Lolín más cercano. Pero, oh, sorpresa, en las tiendas de ropa “para señoras” las tallas comienzan en la 46. Una vez más, ¿dónde coño está la 44?
Mentiría si dijera que no existe la talla 44. Zara la tiene (siempre que no sea la submarca Trafaluc). Mango también. Incluso hacen la 46 en trajes de chaqueta y pantalones de vestir. Las XL (recordemos, XL=extra grande) de Zara y Mango son una 44 justita, que consigo meterme cuando el tejido da de sí y el corte es holgado. Con faldas y pantalones no suelo tener tantos problemas. Incluso tengo unos vaqueros que son una 42. Se conoce que España es un país de culos gordos.
También tienen la 44 las dos cadenas de las siglas: M&S y H&M. La primera es lo más cani que te puedes echar a la cara, pero para básicos está bien. La segunda, desde que dejan diseñar a las famosas, se ha convertido en la tienda de los horrores.
Resumiendo, que de las cuarenta y pico tiendas que he pisado hoy, he acabado comprándome el consabido vestidito de Zara. Ahora sólo me queda cruzar los dedos de los pies para que ninguna invitada a la boda viva, como yo, permanentemente abonada a la marca de Amancio Ortega.
¡Qué drama!
miércoles, 27 de junio de 2007
Bailad, bailad malditos
Ayer bailé bhangra. Dicho así no parece una gran cosa, pero es algo que no nunca pensé que haría. Y eso creo que es bueno.
Todo el mundo debería hacer algo nuevo cada cierto tiempo. Una vez a la semana, por ejemplo. Va bien para abrir horizontes y rebajar tensiones, y te ayuda sobre todo a tener criterio, a discernir lo que te parece que está bien y lo que te parece que está mal.
Paradojas de la vida, cuantas menos cosas conoces, más te crees en posesión de la verdad absoluta. Y de ahí los fanatismos y los extremismos.
Triste.
Siguiendo con lo mío, recomiendo encarecidamente el baile (aunque hoy tenga un dolor de riñones de no te menees). Pegar saltitos al ritmo de la música es divertidísimo, pero debo rendirme a la evidencia: no estoy diseñada para ello.
Mucho mejor el bhangra que la comida india. Puedo vivir perfectamente sin butter chicken y pakoras aunque digo lo de antes: hay que probar de todo en esta vida.
Para más información (gráfica) al respecto, no olviden visitar www.cinemaoriental.com. (o sea, Luís, visítala tú, porque tú y Mr. D sois los únicos lectores de este blog y el estaba presente ^_^)
Todo el mundo debería hacer algo nuevo cada cierto tiempo. Una vez a la semana, por ejemplo. Va bien para abrir horizontes y rebajar tensiones, y te ayuda sobre todo a tener criterio, a discernir lo que te parece que está bien y lo que te parece que está mal.
Paradojas de la vida, cuantas menos cosas conoces, más te crees en posesión de la verdad absoluta. Y de ahí los fanatismos y los extremismos.
Triste.
Siguiendo con lo mío, recomiendo encarecidamente el baile (aunque hoy tenga un dolor de riñones de no te menees). Pegar saltitos al ritmo de la música es divertidísimo, pero debo rendirme a la evidencia: no estoy diseñada para ello.
Mucho mejor el bhangra que la comida india. Puedo vivir perfectamente sin butter chicken y pakoras aunque digo lo de antes: hay que probar de todo en esta vida.
Para más información (gráfica) al respecto, no olviden visitar www.cinemaoriental.com. (o sea, Luís, visítala tú, porque tú y Mr. D sois los únicos lectores de este blog y el estaba presente ^_^)
jueves, 17 de mayo de 2007
Quesitos raros, raros, raros.
Esta semana, a Topo Gigio le han pasado cosas muy surrealistas.
El martes estaba paseando tranquilamente por la calle, cuando una señora de unos 50 años lo abordó para decirle lo siguiente:
- Perdona, tens mòvil? És que se m’ha punxat una roda i no puc tornar a Centelles. El meu fill m’havia de venir a buscar, però fa tres quarts d’hora que m’espero i encara no ha arribat.
Topo Gigio, claro, haciendo gala de su educación, le dio el teléfono y escuchó como la señora llamaba al niño en cuestión:
- Vens o no?... Si vols, agafo el tren… Home, que fa tres quarts d’hora que m’espero… Però vens ja cap aquí o no?... Vale, vale…
La señora colgó el teléfono y se lo devolvió amablemente a Topo Gigio, insistiendo en pagarle la llamada, cosa a la que, evidentemente, nuestro querido animalito se negó en rotundo.
Pero la historia no acaba aquí. Unos tres cuartos de hora después, suena el teléfono de Topo Gigio y una voz desconocida le pregunta:
- Hi ha la meva mare?
Después de que Topo Gigio le explicara que su madre le había pedido prestado el teléfono y que la buena señora se había quedado sentada en la parada del autobús de la Rambla del Carme, el joven añadió:
- Doncs sóc aquí des de fa mitja hora i aquesta dona no hi és. On s’ha ficat la meva mare?
Aunque Topo Gigio se quedó preocupado por el paradero de la señora, decidió que ya había tenido suficiente surrealismo por un día y se despidió amablemente del muchacho con el deseo de que su progenitora apareciera en breve.
Lo que no sabía era que hoy le esperaba una situación todavía más delirante.
Nuestro amiguito estaba en el Carrefour, en concreto en el pasillo de las conservas, cuando un joven que empujaba un carrito lleno de comida poco saludable le preguntó:
- Perdona, ¿sabes dónde están las anchoas?
Topo Gigio le contestó amablemente que las anchoas estaban en la zona de refrigerados, y hacia allí se encaminó el muchacho más contento que unas pascuas.
Pero Topo Gigio se había quedado bastante asombrado al oír a su interlocutor, así que cuando se lo volvió a encontrar en la cola de la caja no pudo resistir la tentación y le hizo una pregunta:
- Perdona, ¿de dónde eres?
A lo que el joven contestó:
- De Sevilla, ¿y tú?
- De Sevilla también, claro.
Ante el asombro de la cajera, el joven añadió:
- ¿De qué parte? Yo vivía en la Avenida de Llanes.
Topo Gigio se quedó a cuadros y dijo:
- Venga ya, yo he vivido 24 años en Santa María de Ordás.
- Coño, yo vivo encima del Segafredo. ¿Tu bloque es el de la ferretería?
- No el del al lado. No me digas que ibas a La Salle.
- No, al Valdés Leal, pero anda que no he echao partidillos en La Salle. Hay que ver qué casualidad encontrarte justo hoy que estoy de bajón.
- ¿De bajón? ¿Por qué?
- Pues porque no he podido celebrar la victoria del Sevilla. Mis amigos me llamaron a las tantas desde Puerta Jerez y yo sin tomarme una cerveza ni poder hablar con nadie del tema. Con el lote de llorar que me pegué ayer.
Topo Gigio no podía creérselo. Después de contarse un par de cosas más, el topito y el muchacho se separaron en el parking no sin antes convencerse mutuamente de que el Sevilla ganaría la liga y la Copa del Rey y que, esta vez sí, saldrían los dos a la calle sin complejos, a celebrarlo.
Hay qué ver lo raro que es el mundo. Y lo pequeño.
El martes estaba paseando tranquilamente por la calle, cuando una señora de unos 50 años lo abordó para decirle lo siguiente:
- Perdona, tens mòvil? És que se m’ha punxat una roda i no puc tornar a Centelles. El meu fill m’havia de venir a buscar, però fa tres quarts d’hora que m’espero i encara no ha arribat.
Topo Gigio, claro, haciendo gala de su educación, le dio el teléfono y escuchó como la señora llamaba al niño en cuestión:
- Vens o no?... Si vols, agafo el tren… Home, que fa tres quarts d’hora que m’espero… Però vens ja cap aquí o no?... Vale, vale…
La señora colgó el teléfono y se lo devolvió amablemente a Topo Gigio, insistiendo en pagarle la llamada, cosa a la que, evidentemente, nuestro querido animalito se negó en rotundo.
Pero la historia no acaba aquí. Unos tres cuartos de hora después, suena el teléfono de Topo Gigio y una voz desconocida le pregunta:
- Hi ha la meva mare?
Después de que Topo Gigio le explicara que su madre le había pedido prestado el teléfono y que la buena señora se había quedado sentada en la parada del autobús de la Rambla del Carme, el joven añadió:
- Doncs sóc aquí des de fa mitja hora i aquesta dona no hi és. On s’ha ficat la meva mare?
Aunque Topo Gigio se quedó preocupado por el paradero de la señora, decidió que ya había tenido suficiente surrealismo por un día y se despidió amablemente del muchacho con el deseo de que su progenitora apareciera en breve.
Lo que no sabía era que hoy le esperaba una situación todavía más delirante.
Nuestro amiguito estaba en el Carrefour, en concreto en el pasillo de las conservas, cuando un joven que empujaba un carrito lleno de comida poco saludable le preguntó:
- Perdona, ¿sabes dónde están las anchoas?
Topo Gigio le contestó amablemente que las anchoas estaban en la zona de refrigerados, y hacia allí se encaminó el muchacho más contento que unas pascuas.
Pero Topo Gigio se había quedado bastante asombrado al oír a su interlocutor, así que cuando se lo volvió a encontrar en la cola de la caja no pudo resistir la tentación y le hizo una pregunta:
- Perdona, ¿de dónde eres?
A lo que el joven contestó:
- De Sevilla, ¿y tú?
- De Sevilla también, claro.
Ante el asombro de la cajera, el joven añadió:
- ¿De qué parte? Yo vivía en la Avenida de Llanes.
Topo Gigio se quedó a cuadros y dijo:
- Venga ya, yo he vivido 24 años en Santa María de Ordás.
- Coño, yo vivo encima del Segafredo. ¿Tu bloque es el de la ferretería?
- No el del al lado. No me digas que ibas a La Salle.
- No, al Valdés Leal, pero anda que no he echao partidillos en La Salle. Hay que ver qué casualidad encontrarte justo hoy que estoy de bajón.
- ¿De bajón? ¿Por qué?
- Pues porque no he podido celebrar la victoria del Sevilla. Mis amigos me llamaron a las tantas desde Puerta Jerez y yo sin tomarme una cerveza ni poder hablar con nadie del tema. Con el lote de llorar que me pegué ayer.
Topo Gigio no podía creérselo. Después de contarse un par de cosas más, el topito y el muchacho se separaron en el parking no sin antes convencerse mutuamente de que el Sevilla ganaría la liga y la Copa del Rey y que, esta vez sí, saldrían los dos a la calle sin complejos, a celebrarlo.
Hay qué ver lo raro que es el mundo. Y lo pequeño.
viernes, 4 de mayo de 2007
Una pelota redonda como un queso
Sí, sí, tú y yo lo sabíamos. Ya lo dijo el blog del quesito: hay que pagar los impuestos que tocan, cuando toca (sí, va por ti, Isabelita, reina mora)
Y en otro orden de cosas, no puedo más que alegrarme por la victoria del Sevilla y su clasificación para la final de la UEFA. Me explico. Lo mío con el fútbol es como una montaña rusa: ahora sube, ahora baja. De pequeña lo detestaba. Meterme en el coche un domingo por la tarde y escuchar Carrusel Deportivo era la peor tortura a la que podías someterme. De hecho, siguen dándome arcadas escuchar a Pepe Domingo Castaño.
Pero luego crecí, y mi padre nos hizo socios del Sevilla a todos (él y mi hermano el segundo ya lo eran). Así que durante años estuvimos los cinco yendo al gol sur del Sánchez Pizjuán. Fue entonces cuando empecé a entender un poquito cómo iba eso de los 22 tíos corriendo de un lado para otro detrás de un balón. También me aficioné a las pipas Kelia, me aprendí el himno y sí, entendí “lo del fuera de juego” (que tampoco es tan difícil, la verdad, una vez que te pones…)
Adoraba sobre todo los partidos del sábado, con la luz artificial del campo (cosa de astigmáticos) y los bocatas que preparaba mi madre. Ser del Sevilla era para nosotros algo natural. Como respirar más o menos (y nadie se le pasa por la cabeza dejar de respirar, ¿verdad?)
Luego crecí un poco más. Intelectualmente, se entiende, porque de altura me quedé igual que estaba. Este crecimiento personal (toma cursilada) me llevó a odiar sistemáticamente todo aquello relacionado con la (in)cultura de masas. Y el fútbol, mira tú por donde, era su mayor exponente. Pero yo seguía siendo del Sevilla, claro. Lo único que pasaba es que ya no me importaba tanto si perdía o si ganaba, y ya no me sabía la alineación. Entonces entré en la universidad y me metí en el equipo de fútbol sala, lleno de sevillistas, béticas y culés. Lo único que nos unía era nuestro equipo, al que conseguimos ascender a primera de la liga universitaria, y nuestra tirria al Real Madrid. Después de cada partido hacíamos el “tercer tiempo” que consistía básicamente en beber cerveza y hacer la quiniela. Nunca ganamos ni una peseta, pero los terceros tiempos son inolvidables.
(Aprovecho para mandar un saludo muy grande a Mari Luz y a Marisa, que siempre les tuve mucho aprecio y no sé nada de ellas desde hace siglos…)
Pues eso, que mis amigas de la facultad y yo quedábamos para ver los partidos de fútbol. Todavía recuerdo la final de la Copa del Rey entre Barça y Betis en casa de Mireia, bebiendo Cruzcampo, comiendo coca de recapta (es que Mireia era muy suya) y celebrando los goles de Figo. Bueno, todas menos Mari Feli y Miriam, que eran y siguen siendo más béticas que Hugo, el perro de Don Manué.
Resumiendo, que por aquel entonces, el Barça se convirtió en mi segundo equipo. Me dejé de remilgos intelectualoides y dejé que la pasión futbolera me invadiera de nuevo.
Unos años después me vine a vivir a Barcelona, y hete aquí que empecé a aborrecer al equipo. El hecho de que hablaran de él día y noche y la prepotencia de los periodistas deportivos hizo que acabara cogiéndole manía a todo lo que tenía que ver con el Barça. Al principio renegaba de ese sentimiento. Cada vez que veía un partido del Barça y me pasaba por la cabeza un pensamiento del estilo “ojalá pierdan para que se callen esos imbéciles prepotentes” me autocensuraba y me obligaba a pensar en lo infelices que una derrota del Barça haría a muchas de las personas que me rodean. Por aquel entonces, el Sevilla no iba demasiado bien, así que entre una cosa y otra, volví a la fase “negación del fútbol”.
Eso fue hasta el año pasado. Entonces, al Sevilla se le ocurrió empezar a ganarlo todo. El centenario del Sevilla y su temporada más gloriosa coincidió con la enfermedad de mi abuelo, que era el sevillista más ferviente que he conocido nunca. Vio la final de UEFA en el hospital, y murió 20 días después sin saber que su equipo ganaría la Supercopa de Europa y que, a menos de un mes para que acabe la temporada siguiente, estaría optando a tres títulos. Y clasificado como el mejor equipo de Europa según la UEFA. Ahí es nada.
Confieso que lloré el día de la final. Cuando el Sevilla marcó el primer gol no acaba de creérmelo. Pero cuando Maresca marcó el segundo… entonces volvieron las pipas Kelia, los bocatas del sábado, los cánticos absurdos desafinados, las bufandas blanquirojas que picaban tanto en pleno mes de junio, y sobre todo mi abuelo, enseñándonos desde pequeños que el único equipo del mundo era el Sevilla F.C.
Desde entonces, quiero que el Sevilla lo gane todo. Y me preocupa, porque es una sensación absolutamente irracional que no puedo controlar. Creo incluso, que si yo saltara al campo sería capaz de jugar medio bien de las ganas que le pondría (y ya es decir).
Y sé que el negocio del fútbol es asqueroso. Que el presidente del Sevilla es un facha mafioso, que pone la bandera de España en todas partes y que seguramente acabará en la cárcel con Julián Muñoz. Me da igual.
Aunque mi parte racional se resista a reconocerlo, tengo el virus fútbol latente, escondido en algún rincón. Soy así de mundana, qué le vamos a hacer.
Y en otro orden de cosas, no puedo más que alegrarme por la victoria del Sevilla y su clasificación para la final de la UEFA. Me explico. Lo mío con el fútbol es como una montaña rusa: ahora sube, ahora baja. De pequeña lo detestaba. Meterme en el coche un domingo por la tarde y escuchar Carrusel Deportivo era la peor tortura a la que podías someterme. De hecho, siguen dándome arcadas escuchar a Pepe Domingo Castaño.
Pero luego crecí, y mi padre nos hizo socios del Sevilla a todos (él y mi hermano el segundo ya lo eran). Así que durante años estuvimos los cinco yendo al gol sur del Sánchez Pizjuán. Fue entonces cuando empecé a entender un poquito cómo iba eso de los 22 tíos corriendo de un lado para otro detrás de un balón. También me aficioné a las pipas Kelia, me aprendí el himno y sí, entendí “lo del fuera de juego” (que tampoco es tan difícil, la verdad, una vez que te pones…)
Adoraba sobre todo los partidos del sábado, con la luz artificial del campo (cosa de astigmáticos) y los bocatas que preparaba mi madre. Ser del Sevilla era para nosotros algo natural. Como respirar más o menos (y nadie se le pasa por la cabeza dejar de respirar, ¿verdad?)
Luego crecí un poco más. Intelectualmente, se entiende, porque de altura me quedé igual que estaba. Este crecimiento personal (toma cursilada) me llevó a odiar sistemáticamente todo aquello relacionado con la (in)cultura de masas. Y el fútbol, mira tú por donde, era su mayor exponente. Pero yo seguía siendo del Sevilla, claro. Lo único que pasaba es que ya no me importaba tanto si perdía o si ganaba, y ya no me sabía la alineación. Entonces entré en la universidad y me metí en el equipo de fútbol sala, lleno de sevillistas, béticas y culés. Lo único que nos unía era nuestro equipo, al que conseguimos ascender a primera de la liga universitaria, y nuestra tirria al Real Madrid. Después de cada partido hacíamos el “tercer tiempo” que consistía básicamente en beber cerveza y hacer la quiniela. Nunca ganamos ni una peseta, pero los terceros tiempos son inolvidables.
(Aprovecho para mandar un saludo muy grande a Mari Luz y a Marisa, que siempre les tuve mucho aprecio y no sé nada de ellas desde hace siglos…)
Pues eso, que mis amigas de la facultad y yo quedábamos para ver los partidos de fútbol. Todavía recuerdo la final de la Copa del Rey entre Barça y Betis en casa de Mireia, bebiendo Cruzcampo, comiendo coca de recapta (es que Mireia era muy suya) y celebrando los goles de Figo. Bueno, todas menos Mari Feli y Miriam, que eran y siguen siendo más béticas que Hugo, el perro de Don Manué.
Resumiendo, que por aquel entonces, el Barça se convirtió en mi segundo equipo. Me dejé de remilgos intelectualoides y dejé que la pasión futbolera me invadiera de nuevo.
Unos años después me vine a vivir a Barcelona, y hete aquí que empecé a aborrecer al equipo. El hecho de que hablaran de él día y noche y la prepotencia de los periodistas deportivos hizo que acabara cogiéndole manía a todo lo que tenía que ver con el Barça. Al principio renegaba de ese sentimiento. Cada vez que veía un partido del Barça y me pasaba por la cabeza un pensamiento del estilo “ojalá pierdan para que se callen esos imbéciles prepotentes” me autocensuraba y me obligaba a pensar en lo infelices que una derrota del Barça haría a muchas de las personas que me rodean. Por aquel entonces, el Sevilla no iba demasiado bien, así que entre una cosa y otra, volví a la fase “negación del fútbol”.
Eso fue hasta el año pasado. Entonces, al Sevilla se le ocurrió empezar a ganarlo todo. El centenario del Sevilla y su temporada más gloriosa coincidió con la enfermedad de mi abuelo, que era el sevillista más ferviente que he conocido nunca. Vio la final de UEFA en el hospital, y murió 20 días después sin saber que su equipo ganaría la Supercopa de Europa y que, a menos de un mes para que acabe la temporada siguiente, estaría optando a tres títulos. Y clasificado como el mejor equipo de Europa según la UEFA. Ahí es nada.
Confieso que lloré el día de la final. Cuando el Sevilla marcó el primer gol no acaba de creérmelo. Pero cuando Maresca marcó el segundo… entonces volvieron las pipas Kelia, los bocatas del sábado, los cánticos absurdos desafinados, las bufandas blanquirojas que picaban tanto en pleno mes de junio, y sobre todo mi abuelo, enseñándonos desde pequeños que el único equipo del mundo era el Sevilla F.C.
Desde entonces, quiero que el Sevilla lo gane todo. Y me preocupa, porque es una sensación absolutamente irracional que no puedo controlar. Creo incluso, que si yo saltara al campo sería capaz de jugar medio bien de las ganas que le pondría (y ya es decir).
Y sé que el negocio del fútbol es asqueroso. Que el presidente del Sevilla es un facha mafioso, que pone la bandera de España en todas partes y que seguramente acabará en la cárcel con Julián Muñoz. Me da igual.
Aunque mi parte racional se resista a reconocerlo, tengo el virus fútbol latente, escondido en algún rincón. Soy así de mundana, qué le vamos a hacer.
miércoles, 2 de mayo de 2007
Las tribulaciones tributarias de Topo Gigio
Había una vez un Topo Gigio que se ganaba el quesito con el sudor de su frente. Trabajaba muy duro para poder tener quesitos en su mesa todos los días y para ahorrar un poquito de queso para tiempo peores. En realidad, él no pensaba que fuera a necesitar nunca esos quesitos que tenía guardados, pero Topo Gigio vivía en una comunidad que le había enseñado desde pequeño que los quesitos hay que ganarlos y después guardarlos.
En esta comunidad, además, existía una cosa llamada impuestos que cada mes de mayo volvía loco al pobre Topo Gigio. En realidad no le molestaba darle parte de su quesito al gran Topo (aunque en reuniones siempre decía lo contrario para quedar bien y seguir la corriente general). Al pequeño Gigio también le habían enseñado que tributar era bueno, y que gracias a su quesito otras personas podían comer, ir al colegio, ponerse inyecciones cuando estaban malitos y coger el autobús.
El problema era que no todos pensaban como Topo Gigio, y no todos tenían tan claro que el quesito se ha de repartir entre todos. Por supuesto, había muchos topos que sí querían repartir sus quesitos, sí, pero encontraban los cálculos tan engorrosos que, al ver lo bien que se manejaba Gigio con los números, le endosaron a él el trabajo de presentar las declaraciones queseras. Así, el pobre Topo Gigio pasaba horas y horas calculando su IQTF (impuesto sobre el quesito de los topos físicos) y el de todos los demás. Lo peor de todo no eran los números en sí, sino explicarles a los otros topos de dónde salían todas aquellas cifras y por qué cada topo tributa de una manera diferente según el quesito que haya ganado ese año y cómo lo haya hecho.
Al final al pequeño Topo Gigio no le salió mal la jugada. El Gran Topo le devolvió 94,37 gramos de quesito, que invirtió en la fábrica de ganchitos de queso más cercana al agujerito donde vive.
Un día Topo Gigio me dijo que el día que hacía la declaración del IQTF era, junto con la noche del Festival de Topovisión, los momentos más esperados del año. Aunque es el topo más lindo que conozco, nunca entenderé sus extravagancias.
En esta comunidad, además, existía una cosa llamada impuestos que cada mes de mayo volvía loco al pobre Topo Gigio. En realidad no le molestaba darle parte de su quesito al gran Topo (aunque en reuniones siempre decía lo contrario para quedar bien y seguir la corriente general). Al pequeño Gigio también le habían enseñado que tributar era bueno, y que gracias a su quesito otras personas podían comer, ir al colegio, ponerse inyecciones cuando estaban malitos y coger el autobús.
El problema era que no todos pensaban como Topo Gigio, y no todos tenían tan claro que el quesito se ha de repartir entre todos. Por supuesto, había muchos topos que sí querían repartir sus quesitos, sí, pero encontraban los cálculos tan engorrosos que, al ver lo bien que se manejaba Gigio con los números, le endosaron a él el trabajo de presentar las declaraciones queseras. Así, el pobre Topo Gigio pasaba horas y horas calculando su IQTF (impuesto sobre el quesito de los topos físicos) y el de todos los demás. Lo peor de todo no eran los números en sí, sino explicarles a los otros topos de dónde salían todas aquellas cifras y por qué cada topo tributa de una manera diferente según el quesito que haya ganado ese año y cómo lo haya hecho.
Al final al pequeño Topo Gigio no le salió mal la jugada. El Gran Topo le devolvió 94,37 gramos de quesito, que invirtió en la fábrica de ganchitos de queso más cercana al agujerito donde vive.
Un día Topo Gigio me dijo que el día que hacía la declaración del IQTF era, junto con la noche del Festival de Topovisión, los momentos más esperados del año. Aunque es el topo más lindo que conozco, nunca entenderé sus extravagancias.
lunes, 30 de abril de 2007
Quesitos para todos
Bienvenidos al blog del quesito, o sea, mi blog.
El caso es que nunca se me había pasado por la cabeza escribir un diario cibernético. En primer lugar por el trabajo que supone. Natural born vaga que es una, qué le vamos a hacer. Si las tareas diarias ya me suponen un esfuerzo considerable, echarse una más a la espalda -y por gusto- me parece absurdo (por no decir otra cosa peor, por ejemplo, gilipollez)
El otro motivo que siempre he tenido para recelar de los blogs, es que soy muy pudorosa para ciertas cosas. Siempre me ha gustado escribir, pero me muero de vergüenza sólo de pensar que alguien vaya a leerme. No es que vaya a contar intimidades ni a confesar secretos, pero hasta mi pensamiento más puro y/o vulgar (vulgar de corriente, entiéndase, no de lo otro), es mío. Ea, lo que es mío es mío.
Pero lo de El blog del quesito es gracioso. Topo Gigio estuvo pegado a la pared del cuarto de baño de mis padres durante años, empuñando dos pequeños cepillos de dientes que nunca llegué a usar porque me daba pena. También estaba en la portada de uno de los discos de Enrique y Ana, con los que cantaba aquello de cuchi-chí. Ahora, gracias al blog-galactico y a las inmersiones de Sharrukito en el youtube, Topo Gigio ha vuelto cantando para todos nosotros, sus fieles seguidores, el sin par Rock del Quesito.
Sentados en un velador de Udine se nos ocurrió lo de cambiar rock por blog y aquí estoy, perdiendo el tiempo miserablemente con todo lo que tengo que hacer.
Mi intención es actualizar de vez en cuando antes de ponerme el gorrito de dormir, pero, como me conozco la mar de bien, no prometo nada. Y todos a comer queso, hombre, qué mira lo sanote que está Topo Gigio con la de años que tiene.
El caso es que nunca se me había pasado por la cabeza escribir un diario cibernético. En primer lugar por el trabajo que supone. Natural born vaga que es una, qué le vamos a hacer. Si las tareas diarias ya me suponen un esfuerzo considerable, echarse una más a la espalda -y por gusto- me parece absurdo (por no decir otra cosa peor, por ejemplo, gilipollez)
El otro motivo que siempre he tenido para recelar de los blogs, es que soy muy pudorosa para ciertas cosas. Siempre me ha gustado escribir, pero me muero de vergüenza sólo de pensar que alguien vaya a leerme. No es que vaya a contar intimidades ni a confesar secretos, pero hasta mi pensamiento más puro y/o vulgar (vulgar de corriente, entiéndase, no de lo otro), es mío. Ea, lo que es mío es mío.
Pero lo de El blog del quesito es gracioso. Topo Gigio estuvo pegado a la pared del cuarto de baño de mis padres durante años, empuñando dos pequeños cepillos de dientes que nunca llegué a usar porque me daba pena. También estaba en la portada de uno de los discos de Enrique y Ana, con los que cantaba aquello de cuchi-chí. Ahora, gracias al blog-galactico y a las inmersiones de Sharrukito en el youtube, Topo Gigio ha vuelto cantando para todos nosotros, sus fieles seguidores, el sin par Rock del Quesito.
Sentados en un velador de Udine se nos ocurrió lo de cambiar rock por blog y aquí estoy, perdiendo el tiempo miserablemente con todo lo que tengo que hacer.
Mi intención es actualizar de vez en cuando antes de ponerme el gorrito de dormir, pero, como me conozco la mar de bien, no prometo nada. Y todos a comer queso, hombre, qué mira lo sanote que está Topo Gigio con la de años que tiene.
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